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sábado, 14 de diciembre de 2024

LA PLUMA Y EL LIBRO - 3


Ana María Seghesso








La noche era oscura, en el extraño novilunio que duraba desde su llegada. Se escuchaba el ladrido de perros y el sonido de una guitarra proveniente del caserío donde habitaba la servidumbre; un grupo de hombres habían encendido una fogata y dispuestos en círculo cantaban y reían. Navarro cubrió de brea el marco de la puerta de su habitación, para evitar que entraran wekufes malignos y extrayendo libro y pluma se dispuso a modificar lo que a su parecer eran sólo detalles ocasionales. Consideró que modificando los acontecimientos oportunamente su misión se cumpliría sin tropiezos. 


Comenzó entonces a cambiar la Trama; notó con cierta alarma que la tinta de la pluma parecía diferente a la anterior, pero se tranquilizó justificando el efecto en la luz inconstante de las velas. 

Esa noche durmió vestido, lo movía la curiosidad de averiguar quién era el fugitivo de la madrugada, no quería que se le escapara.


Lo despertó otra vez el mismo ruido de la noche anterior, la escalera de madera crujiendo; el apremio le quitó la soñolencia proveniente del brusco despertar, no quería perder de vista al misterioso jinete.


No obstante el ambiente desconocido, al que trataba de adaptarse con recelo, la singularidad del idioma y de las costumbres de ese mundo paralelo,  lo fascinaba. Siguió al jinete a bastante distancia, por los campos deshabitados y grandiosos bajo la luz incierta de las estrellas. Galopó un buen trecho, cuando comenzaba a alborear apareció en el horizonte un grupo de toldos, donde el jinete se introdujo. 


Navarro se acercó para observar la toldería de cerca, cuando dos jinetes surgidos de la nada se le acercaron a gran velocidad atropellando su cabalgadura que se encabritó y comenzó a corcovear; antes de caer fue enredado en las boleadoras , capturado y conducido sin mayores consideraciones a uno de los ranchos. 


Comenzaron entonces a verificarse sucesos inesperados, fuera de su alcance, una nueva Trama comenzó a superponerse a la suya.

El toldo era un rancho armado con madera y cuero; un soporte de madera sostenía el techo y las paredes hechas de piel de potro, con una gran abertura que dejaba entrar el aire fresco del amanecer. El interno tenía varias ambientes separados por cortinas, que hacían las veces de habitaciones, de las que llegaba una conversación en un idioma incomprensible.

Fue recibido por unas extrañas mujeres presididas por Lina, quien delante a un tronco tallado con la representación de un rostro humano en la cúspide, musitaban una letanía, mientras fumigaban hojas de canelo. Lo hicieron sentar en una banqueta de cuero negro de carnero y le dieron una infusión que sorbió con un tubito de caña; inmediatamente sintió un sosiego que atribuyó a la bebida. 



El fuego, que ardía en un enorme fogón, lamía el techo del toldo irradiando un insólito color azul y parecía reproducir extraños diseños.


Un asistente lo condujo al fondo del toldo, introduciéndolo en uno de los compartimientos, donde lo esperaba un hombre alto y delgado de facciones prominentes, tez mate, largo pelo negro, de nariz aquilina sin barba; vestía pantalones anchos, camisa de lino blanca, botas de cuero de potro, cinturón ancho adornado con plata fina, de su cuello pendía una bellísima piedra azul que cada tanto esparcía reflejos hipnóticos; a su entrada alzó la mirada y sus ojos negrísimos lo taladraron. 


- Te estábamos esperando, dijo como saludo, en voz baja para no perturbar la ceremonia que celebraban las mujeres.

- ¿Esperando?- exclamó Navarro sorprendido – ¿Y quién les ha dicho que venía? mi identidad no ha sido revelada a nadie, ni siquiera yo sabía que llegaría aquí.


 El hombre tomó su tiempo para contestar.  

- Tu decisión de venir a este mundo nos fue comunicada en sueños por el Espíritu del equilibrio, voluntad protectora del tiempo y el espacio, explicó. 

- ¿Quiénes son ustedes y por qué se interesan en mi?, exclamó sorprendido.

-   Soy el Cacique Quipilcay perteneciente a un linaje atávico que habitó estos territorios desde siempre y que continuaré a ocupar con mi gente como jefe espiritual y guerrero. En ciclos pasados fuimos los dueños de la tierra y es intención de los dioses que en este ciclo volvamos a ocuparlas; lo que fue volverá a ser.

- ¿El eterno retorno?, preguntó Navarro.

- El eterno retorno, confirmó el cacique, - que se repite miles y miles de veces por concesión de los dioses, que favorecen de este modo a los mortales.

La teoría era bien conocida por Navarro pero le sorprendió escucharla en ese lugar.

- Nuestros conocimientos provienen de loa benevolencia de los dioses, explicó el cacique, adivinando sus pensamientos, - los Mundos se reproducen periódicamente en modo tal que los nacimientos, las muertes, las acciones de cualquier calidad o categoría recomienzan con otras posibilidades.


- ¿Y cuáles son las nuevas posibilidades? preguntó Navarro.


- Que las circunstancias cambian, porque la reproducción no es idéntica. 

Un nuevo ciclo está por verificarse en nuestro mundo y en esta ocasión no repetiremos los errores del pasado, afirmó con determinación.


Navarro pensó sorprendido que algo no funcionaba en su Trama. 


- ¿Crees entonces que las cosas retornan nuevamente en el mismo orden y con la misma apariencia?, preguntó.

- Si, los ciclos retornan innumerables veces, está escrito en las estrellas. Se renueva las mismas cosas que fueron en el pasado, reproduciendo cosas y personas.

- Sin embargo en el pasado que conozco ustedes fueron sometidos y perdieron todo lo que poseían, señaló Navarro.

- Como está escrito la Renovación de los Mundos es semejante, no idéntica, esta vez las cosas serán diferentes. 


El Retorno circular y eterno, regulado por un inmenso período celeste, que nuestros astrólogos calcularon, ahora está de nuestra parte, concluyó el Cacique con voz monótona.


- ¿Tu gente conoce esta Profecía?, preguntó Navarro.

- No es una profecía, es una Ley inmutable, por lo que después de una infinidad de tiempo el mismo espíritu toma posesión del mismo cuerpo y enfrenta la misma vida, pero puede decidir si sus actos serán idénticos o diferentes a lo que fueron.

-Por lo tanto ustedes esperan que en este nuevo período las cosas sean diferentes, constató Navarro, que comenzaba a razonar de un modo diferente - 


Este Mundo puede ser transformado y sustituido; pero no me has dicho por qué me esperaban, concluyó.


- Sabemos quién eres, señaló Quipilcay gravemente.


- ¿De veras?, replicó irónico – dímelo entonces, ¿quién soy?


- Un recluta de la Organización Espacial.


- No recluta sino embajador, precisó Navarro, – un diplomático, que en función de su jerarquía está autorizado a ejercer determinadas funciones, una de ellas es llegar a un acuerdo con ustedes, improvisó. 


Navarro comprendió que la realidad era diferente a lo que creía y decidió cambiar sus planes.


- También esto nos fue revelado en sueños por nuestros espíritus, dijo el cacique – para contrarrestar las fuerzas negativas del desequilibrio.

- Es la misión que me han encomendado, mintió Navarro. 



Quipilcay no insistió, optando por determinar con Navarro los términos del acuerdo y coordinar las acciones de la escalada bélica contra el enemigo, que consistía en hacer daño sigilosamente: la astucia debía suplir la fuerza, que no tenían. 


Navarro aceptó sin vacilar, dispuesto a suprimir lo que obstruía los proyectos de la Trama; una nueva disposición de ánimo se sumaba a la que lo había dirigido a esa extraña dimensión. 


Salió al descampado, las estrellas brillaban entre nubes oscuras que desfilaban en la noche sin luna.


El Cacique respondió a su saludo con gran consideración y lo observó partir con una sonrisa indefinible.


********


A partir del encuentro de Juan Navarro con el Cacique Quipilcay los acontecimientos cambiaron. 

La fuerza de los rebeldes avanzó sin límites aparentes, destruyendo y modificando las Leyes vigentes, de manera tal que todo el inmenso territorio se transformó. Navarro fue probablemente uno de los que más diligencia puso en su obsesión transformadora, exaltado por sus energías, que habían aumentado, y su poder, que se difundía por el territorio. Se consideró más que nunca favorecido por la Organización Espacial.


Profundizó sus conocimientos de la magia ejercida por los potentes dioses del Cacique, fuerte de su nueva ciencia recorría los cementerios para posesionarse de la voluntad de los muertos recientes, que utilizaba en huestes espectrales que atacaban en siniestros malones las poblaciones, robando y matando. 


Su actividad prosiguió en casa de Manuel Montero, frecuentando los representantes del poder que estaba combatiendo con Quipilcay, quienes nunca supieron de su doble vida y de su traición: soy convincente sólo cuando miento, reflexionaba. 


El desgaste de esa guerra fue lentamente deteriorando todas las comarcas con fuerza devastadora que transfiguraba todo o lo destruía. Navarro intentó en varias ocasiones modificar su Trama, pero lo escrito al cabo de poco tiempo desaparecía, las situaciones parecían seguir otros proyectos, quizás la interferencia de Constancia, quizás otra Trama más potente que la suya, pensaba en momentos de lucidez. 


En ese entonces, la luna que había permanecido desde su llegada siempre negra, comenzó otra vez a brillar y desaparecieron los fuegos fatuos del campo. 


Navarro dirigía las continuas incursiones de los espectros que robaban y mataban en estancias y poblaciones; la violencia lo enardecía y exaltaba en el combate; adoptó la indumentaria y las costumbres de los aborígenes, el caballo y la lanza remplazaron la pluma y el libro. 


Lina, la esposa de Montero, se convirtió en su compañera y cómplice.


La lujosa mansión de Montero mostró como un espejo lo que estaba ocurriendo; poco a poco fue despojada por los malones y tomó la apariencia de una toldería. 

Era además el cuartel general de las operaciones y lugar de asamblea de los jefes militares y políticos que dirigían la guerra exterminadora, que terminó al cabo de pocos años con el triunfo de Quipilcay y de sus huestes. 


El viento negro del desierto cubrió los campos y las ciudades. 

La nueva sociedad victoriosa se organizó dictando nuevas leyes y eligiendo sus autoridades civiles y religiosas. 

La historia fue rescrita, los antiguos próceres se transformaron en bandidos y los vencedores recibieron el homenaje de las multitudes; la nueva cultura fue inculcada en las escuelas y difundida a lo largo y ancho del territorio para generalizar el consenso.


Algunos grupos de sobrevivientes pertenecientes al antiguo régimen, en su mayoría incultos e ignorantes, trastornados por la catástrofe vagaban por campos y ciudades pidiendo limosna, despreciados por la población y cuando se rescribió la historia, sus testimonios y consideraciones, no fueron tenidos en cuenta, por mendaces y ridículos.

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Juan Navarro fue celebrado y honorado como jefe del Nuevo Orden. 


Todos los años, en la conmemoración de la gesta heroica, brindaba con la cabeza de su enemigo, Manuel Montero, a la que luego de cortar, clavar en una pica, exponer como trofeo, hizo fundir en plata, empleándola para beber vino, a la salud de los vencedores.


Pasados unos años desapareció de la vida pública y no se supo más nada de él; una de las tantas historias que se difundió, creída por la mayoría de la población, fue que el Cuero, una enorme bestia parecida a la piel vacuna, un atardecer, mientras se bañaba en una laguna lo aferró con sus potentes garras y lo arrastró al fondo donde encontró la muerte por sofocamiento. 


Fue luego devorado por el monstruo.


No obstante su destino fue menos dramático. Una mañana se despertó en su casa y con resignación volvió a su vida monótona de funcionario del museo histórico y a su desabrida relación con Constancia. 


Pero continuó a recorrer, incansable, boticas de antigüedades, esperando quizás, que la pluma maravillosa volviera a elegirlo.


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viernes, 13 de diciembre de 2024

LA PLUMA Y EL LIBRO -2


Ana María Seghesso










El sol todavía no había surgido cuando se escuchó el ruido de una tropa que se acercaba; reconoció el cortejo que le había sido asignado, formado por consejeros, secretarios y una escolta de protección. 


Comenzaba a levantarse el rocío nocturno en una neblina azulada que daba al campo un aire irreal, como de sueño. Comenzaron a galopar por un camino que atravesaba campos de trigo y pasturas ocupadas por innumerables caballos, vacas y ovejas. 

El trayecto variaba los paisajes, apareciendo frescos remansos, lagunas, esteros entre excelentes pastos y montes de árboles desconocidos. 


Los campos se sucedían de tal manera hasta el infinito, Navarro observaba con atención y hacía cálculos estadísticos de rendimiento, atónito por la grandiosidad del lugar. 


Al atardecer se toparon con la escolta proveniente de la estancia a la que se dirigían. La comitiva era una tropa militar fuertemente armada que los informó sumariamente del conflicto que vivía la región. 


Recientes incursiones de aborígenes habían atacado y saqueado la estancia del gobernador. Se trataba, como previsto por Navarro, de la inmensa propiedad perteneciente a sus parientes, informados de su llegada. 


A una distancia de treinta metros los dos grupos se detuvieron; un portavoz, se adelantó al resto de la tropa, 


- En nombre del gobernador de la comarca sean bienvenidos, exclamó, a lo que el portavoz de Navarro adelantándose a su vez respondió con palabras de agradecimiento, entregando las credenciales que lo acreditaban como embajador de la Organización Espacial. 


Se dirigieron entonces a la residencia de gobierno, donde habría encontrado los parientes plasmados con la pluma mágica.

- Bienvenido a estas tierras, exclamó un hombre de aspecto autoritario, facciones marcadas por la determinación, tez clara, pelo gris; Juan reconociendo las características de Manuel Montero, el gobernador además de su propio tío. 


Se acercó y lo abrazó, como correspondía. Fueron luego presentados todos los miembros del gobierno que allí se encontraban para recibir la delegación. Se entretuvieron un rato en la gran sala donde fue expuesto el conflicto que afligía el país en todos sus detalles.

 

Navarro expuso el plan de ayuda que la Organización Espacial planeaba otorgar a las principales familias patricias; serían abastecidos de dinero, armas y material ideológico de comunicación, con la finalidad de combatir con eficacia a sus enemigos.


- Los indígenas ocupan muchos campos con buenas pasturas y aguadas, explicó un latifundista.

- Los malones son una amenaza para nuestro patrimonio, agregó el Ministro de la Defensa, nos roban todo tipo de ganado, se lamentó un ganadero.


- ¿Cuáles son los objetivo de esta guerra? preguntó Navarro, que el argumento lo conocía y comenzaba a impacientarse; su intención era determinar cuanto antes los beneficios que el viaje le aportaría.


 - Nuestro objetivo es ocupar los territorios que ahora están desiertos, utilizando otro tipo de población que pueble los campos desiertos y los trabaje, intervino Montero, 

- Tu llegada puede solucionar muchos de nuestros problemas, y no quedarás disconforme de la gratitud del país, agregó con un evidente tono despectivo.


- En eso quisiera detenerme, porque nuestra Organización pretende adquirir tierras antes de la operación militar, respondió, haciendo caso omiso del reproche.


- El trámite es sencillo, deberán suscribir bonos nacionales, informó el Ministro del Tesoro, informándolo de los precios y de las inmensas extensiones de los campos. Navarro comparando las cifras con las de su Mundo sintió que la satisfacción lo invadía. 


Fue anunciada la cena y todos pasaron al gran comedor, que como el resto de la casa había sido reproducida de una ciudad paralela, famosa por lujos y cultura. 

Entonces vio a una mujer bellísima que se le aproximaba, 


- Navarro seguramente, pronunció con voz melódica.

 – Y tú Lina, la esposa de Montero, respondió, y escondiendo su emoción la saludó con un beso en la mejilla; “no me esperaba tal belleza, no determiné esta característica cuando la proyecté, de todos modos, ella es cosa mía”.


El resto de la velada transcurrió entre brindis, anécdotas de guerra y conversaciones que revelaban muchos particulares de aquella gente - razonamientos y modos de socializar - que a Navarro resultaron sorprendentemente incomprensibles.

  

Estaba satisfecho, la realidad superaba las expectativas aunque los detalles de la Trama no eran como los había esperado. 

Consideró entonces la posibilidad de retocar algunos matices del texto. 


***********


La propiedad había pertenecido siempre a su familia. Corría la voz que un viejo antepasado llegado a la región proveniente de un país lejano, había comprado tierras a los indígenas que poblaban la región y como poseía una fortuna considerable se convirtió en uno de los hacendados principales del territorio.  


Sin embargo, duró poco su ventura, frecuentes sequías y moría de animales lo llevaron al borde de la ruina, hasta que otros parientes provenientes de otras regiones llegaron y solucionaron las cosas. El actual propietario de la hacienda era un tío, hermano de su padre, parentesco que facilitaba su inserción en esa sociedad. 


La mayor parte de los dominios provenían de las campañas organizadas por las autoridades, pero costeadas por sus antepasados, de índole ambiciosa, resueltos a expandir su señorío en esas regiones bárbaras. 

Con el paso de los años, aumentó el número de la parentela, por nacimientos y por nuevas llegadas de familiares que deseaban probar fortuna. Naturalmente crecieron también las sepulturas del cementerio familiar ubicado en la parte occidental de la residencia, que fue cambiando su aspecto familiar y sencillo, con las tumbas diseminadas entre las hortensias y las lápidas de madera, que se deshacían de a poco por los soles abrasadores de enero y las lluvias inacabables de junio.


Las mujeres que se ocupaban de los quehaceres en la inmensa casona, se la pasaban cuchicheando mientras limpiaban los corredores, en el comedor a la hora de las comidas y en su cuarto, cuando entraban en grupos de tres para ocuparse de ordenar y limpiar. 


El ritmo de la nueva vida le gustaba. Alojaba en una amplia cámara de grandes ventanales cubiertos con gruesos cortinajes verde oscuro y techo alto por donde una cristalera dejaba entrar el claror estivo durante la jornada y el fresco por las noches. Los días se sucedían sin sobresaltos, parecía que las hostilidades con los nativos hubieran cesado.


Era de madrugada cuando se despertó  por el ruido de la escalera de madera que crujía bajo el peso de alguien que estaba bajando; se levantó de un salto y en pocos segundos descendió por las ramas de un viejo ombú plantado - según habladurías -  para tranquilizar a los muertos enterrados en el cementerio. 


Escuchó el galope de un caballo que se perdía en la noche, cabalgado por un jinete que le pareció el encargado del personal de la estancia. 

Todo estaba muy oscuro. La luna era negra desde su llegada...


Vagamente defraudado por no poder seguir al desconocido, echó una mirada hacia la casa, sumida en el silencio y con las ventanas sin luz, pensó que era inútil volver a dormir y se quedó absorto, fijando las estrellas australes.

Cuando hacia levante comenzó a clarear, dirigió sus pasos hacia la parte trasera de la finca y empujó con precaución la reja que daba al cementerio, que cedió con un chirrido lúgubre. 

De improviso, tuvo una fulguración que lo encandiló. Una nube espesa y envolvente lo cegó y perdió el sentido; luego de un tiempo indefinido se despertó dentro de un hoyo en una de las tumbas vacías del cementerio familiar.  

El lugar aparecía profanado. 


La cebadilla, el trébol y la gramilla crecían selváticos entre el pasto que circundaba los huecos que habían dejado las lápidas destrozadas de los muertos; la tierra estaba removida, asomando entre los terrones negros restos de maderas de los ataúdes, víctimas de una escarnio sufrido recientemente.  

Con estupor notó que había muchos objetos valiosos que aparecían entre la tierra removida de las tumbas.  Sorprendido por la situación, comenzó a tomar forma en sus razonamientos lo que todavía era sólo una conjetura pero que podría explicar lo ocurrido.  

Era claro que los hoyos del cementerio habían acogido los cadáveres de sus antepasados, como le habían asegurado, pero actualmente eran sólo tumbas inexplicablemente vacías, que un furor ciego había puesto en evidencia. 

Entonces, impulsado por una intuición repentina, estiró sus manos aferrando las lápidas, que tocaba y abandonaba consecutivamente; imágenes de violencia invadieron su mente, delincuentes encapuchados tenían a la la familia como rehenes, mientras destrozaban los sepulcros y robaban las cruces de las tumbas. 


Los acontecimientos se desarrollaban en pocos minutos, cargados de dramatismo.  Concluida la profanación del cementerio la turba se dedicó al saqueo de reservas alimentarias y caballos. 


El rumor de los peones, que conversaban en la cercana cocina, lo despertó de su sopor; tenía pesadez de cabeza. 

Se dirigió también él a la cocina para beber un café fuerte. Lo necesitaba.



* * * * * * * *


Cuando surgió el sol, decidió recorrer la región para reunir informaciones de lo que estaba ocurriendo . En las caballerizas ensilló un alazán y comenzó a recorrer al galope los campos cercanos a la propiedad - en su mayor parte para cría de ganado -. 


Grandes desfiladeros, arroyos caudalosos y remansos profundos formaban la fuente de la inmensa riqueza de sus parientes. 

Las frecuentes galopadas agradaban a Juan. 

Desde su llegada no dejaba un solo día de recorrer la finca, que comenzaba a conocer a fondo.


De improviso, una nube de tierra apareció en el horizonte; surgió como una mancha marrón oscura que se encrespaba, moviéndose hacia los cañaverales situados cerca de la laguna, luego cambió dirección, zigzagueando, alzándose y descendiendo.  Tomó una forma alargada y continuó a variar forma y dirección.  

Juan contempló el fenómeno con inquietud y curiosidad, la nube continuaba su extraña danza, la polvareda, parecía esconder una legión de jinetes, modificando sus colores que por momentos se manifestaban de un rojo oscuro para transformarse en marrón casi negro.  

En un cierto momento no distinguió más con nitidez, si se trataba de un torbellino o de una horda indiferenciada de hombres vestidos de negro, a caballo. 

El tropel se movía con rapidez, formando amplios círculos, los cascos de los caballos sacudían la tierra, aunque no terminaban de llegar. Los cascos de los caballos estremecían la tierra.

Sonó un alarido cercano, que le heló la sangre en las venas; entonces, afirmándose en los estribos aflojó las riendas del caballo y lanzándolo al galope por la llanura corrió al encuentro de la nube, enardecido por una emoción desconocida que lo volvía imprudente.

Cuando estuvo dentro de la nube se topó con una pavorosa turba que jineteaba a su alrededor, andando algunos de rodillas sobre el lomo de sus brutos sin monturas, otros se tiraban al suelo y luego saltaban otra vez sobre el pelo del animal, profiriendo espeluznantes alaridos mientras se golpeaban la boca abierta con la palma de las manos.  La horda lo envolvió enardecida, los ojos encendidos como ascuas, en un gesto de defensa estiró sus manos para rechazarlos, comprobó que traspasaban los cuerpos de los salvajes sin dificultad. 

Con horror comprendió que eran espectros. 

De repente, un alazán al galope irrumpió en la nube, que comenzó a disolverse. No le sorprendió que el jinete montado en el bruto, con fiera expresión y armado de tacuara, fuera Manuel Montero, el gobernador, su tío. 


-  ¡Atrás Kalku! gritó amenazante, dirigiéndose al cabecilla de los espectros.


Entonces la turba se desvaneció entre aullidos estremecedores, dejando en el aire un extraño hedor que Juan recordó haberlo respirado mucho tiempo atrás. 

Se volvió a Montero, que había retomado su aspecto cotidiano. 


- ¿Qué ha sido esto?  ¿Quiénes eran esos espectros brutales? preguntó.


El gobernador lo examinó con mirada fría, con un gesto le hizo entender que hablarían más tarde.

 – Estas cosas ocurren en campo adentro, lejos del progreso, no son lo que parecen., dijo, quitando interés a lo ocurrido.


El camino de regreso lo hicieron en silencio.  Y así fue por el resto del día; Montero no le habló de lo acontecido, por lo que decidió crearse una explicación propia de ese mundo misterioso y fascinante, que comenzaba a seducirlo.


Desde su llegada a la hacienda Navarro había constatado el esfuerzo de todos sus parientes en mostrarse apropiados a las circunstancias, lo consideraban un árbitro y temían aparecer ante él como incivilizados.  Pensó también que quizás no querían decirle la verdad porque temían escandalizarlo.  


Sabía, por que lo había escrito, que su tío y el resto de la familia estaban condicionados por un fuerte sentimiento de formalismo social.

Las justificaciones y evasivas avivaron en su ánimo el ansia de controlar cosas y personas, motivo de su viaje en ese mundo paralelo.  

El fanatismo se adueñó de su espíritu como una fuerza oscura. 


Parecía también que la misma fuerza incontrolable operaba en la estancia y en sus habitantes, con un delirio que habría resultado alarmante a sus protagonistas. 


Si la hubieran percibido... 



(Continúa)



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