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martes, 16 de enero de 2018

LA EMANCIPACIÓN FEMENINA EN EL IMPERIO ROMANO (segunda parte)





ANA MARIA SEGHESSO





El adulterio como obstáculo para el aumento demográfico



Un razonamiento funcional


En la época de Augusto, primer emperador romano, la legislación relativa al matrimonio fue modificada. Roma estaba pasando por un declive demográfico, consecuencia de varios factores combinados. 









El divorcio, desde el punto de vista de la situación histórica, debía garantizar un aumento de la natalidad, como directa consecuencia de una programación natural biológica.






Según algunos historiadores, las parejas de nivel medio y alto evitaban generar más de dos hijos, para impedir la excesiva repartición del patrimonio familiar, que reducía la riqueza y como consecuencia el prestigio social.


Se menciona, además, una insuficiencia de la fecundidad por la presencia de plomo en las tuberías de los acueductos que transportaban el agua potable.

Muchas mujeres patricias decidían no casarse, optando por la potestad de un padre o un hermano, que resultaban más flexibles y cercanos a sus intereses que los deberes de la relación conyugal.

El motivo fundamental, sin embargo, se debe a las guerras constantes de Roma en los diversos frentes de batalla, que aportaban cuantiosas ganancias en botín, impuestos, comercio y territorios, pero con una alta mortandad.






Para impulsar el matrimonio Augusto promulgó leyes [1] que determinaron que todos los hombres con una edad comprendida entre los veinticinco y los sesenta años y todas las mujeres entre los veinte y los cincuenta años pertenecientes al Senado y al orden ecuestre -  vinculados a la clase dirigente del estado romano – debían obligatoriamente casarse; de no hacerlo serían penalizados con la prohibición de recibir legados o herencias.






Ulteriormente, Augusto dispuso que la mujer divorciada recuperase su dote.

El rescate de la dote por parte de las mujeres aumentaba las posibilidades de un nuevo casamiento.


Se instituyó también el ius trium liberorum, que otorgaba a los padres con tres o más hijos legítimos determinados privilegios, como la reducción de la edad mínima para el acceso a las magistraturas a los hombres y "la gestión propia de sus herencias y haberes a las mujeres, sin la interferencia del marido o del padre."  

Las nuevas leyes consintieron a todos los romanos de familia plebeya casarse con libertas. 





Los matrimonios de facto de los soldados fueron legalizados, acordando a sus hijos los derechos civiles.


La prohibición de romper las promesas formales de matrimonio, reglamentadas en las leyes mencionadas, puso un freno a quienes querían evadir el matrimonio.


Los trámites del divorcio se simplificaron: bastaba la voluntad de "uno de los cónyuges para divorciar."


La ejecución debía efectuarse ante la presencia de siete testigos; un liberto notificaba por escrito a la parte interesada la fórmula:


Tua res tibi agito

Llévate tus cosas

Tuas res tibi habeto

Quédate con tus cosas



Los divorcios se multiplicaron en Roma con las leyes que Augusto había sancionado, con el objetivo de provocar nuevas ocasiones de matrimonio y uniones más prolíficas.






Las matronas romanas recuperaban en caso de divorcio, su dote íntegra, que el marido no podía administrar ni hipotecar.


A tal punto y con tanta facilidad se concertaban divorcios y matrimonios, favorecidos por el consenso de los dos cónyuges o por la sola voluntad de una parte, que las relaciones familiares se transformaron drásticamente.


Sin mayores titubeos morales, a la edad de cincuenta y siete años, Cicerón, para sanar su patrimonio con la dote de una joven y rica heredera llamada Publilia, divorció de su esposa Terencia, luego de treinta años de vida en común.

No obstante, Terencia no se perdió de ánimo y sobrellevó el conflicto sin grandes tensiones, ya que se casó dos veces todavía, primero con Salustio, el famoso historiador, luego con Mesala Corvino, general, literato y político, muriendo con más de cien años.







En poco tiempo las mujeres tomaron la iniciativa del divorcio.


Menciona Juvenal [2], en sus Sátiras, - desaprobando las nuevas libertades femeninas - a una que se había casado ocho veces en cinco otoños.


Marcial [3]  critica a una divorciada, llamada Telesilla, que después que Domiciano había restaurado las leyes Iulie, se había casado por la décima vez.


Séneca [4], desconsolado escribe








“Ninguna mujer se avergüenza de sus divorcios, porque se han acostumbrado a contar sus años, no con el nombre del cónsul, como era habitual, sino con el de sus maridos.

Divorcian para casarse, se casan para divorciar.”




Y el disgustado Marcial sentencia


“ Quae nubit totiens, non nubit: adultera lege est.”

“Quien se casa tantas veces, es como si nunca se hubiera casado, es un adúltero.”



Las leyes produjeron los resultados previstos por el emperador.

Augusto con sus reformas había intuido que unía más la codicia que la lujuria.

















[1] Lex Iulia de maritandis ordinibus (18 a.C.) y Lex Papia Poppaea (9 a.C.)
[2] Juvenal, poeta latino en sus Sátiras, critica las costumbres romanas.

[3] Marcial, poeta latino, de Bílbilis, Calatayud, Hispania Terraconensede 
[4] Séneca, famoso filósofo, político y escritor moralista.